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marie gabrielle. santiago, chile. veinte años. 10 de septiembre. music = life. diseño de vestuario.
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jueves, 15 de octubre de 2009
Puente de los suspiros posted at 20:14

Era una sensación un tanto extraña, un regocijo en el estomago, la mente en otro lugar y mis manos... bueno, mis manos estaban ahí, tratando de buscar un poco de calor.

La lluvia caía libremente, nadie la detenía a excepción de los árboles y los techos, pero caía, tan esplendorosa que cuando tocaba el suelo, hacía un ruido mudo, de esos que tienes que estár muy concentrado para darte cuenta, pero está ahí.

El escenario era perfecto; mirábamos a la izquierda y estaba todo nublado, grandes y grises nubes en el cielo, como advirtiéndonos que venía una lluvia torrencial, pero si desviábamos un poco la vista, a nuestra derecha veíamos como el sol se había cansado de jugar a las escondidas y se asomaba, tan glorioso, sentíamos los rayos del sol -yo en la cara, tu en la espalda. Parecíamos un par de iguanas/lagartijas, haciendo una especie cómica de fotosíntesis.

Pero bueno, a lo que iba, era una sensación un tanto extraña, pero a pesar de eso, no podía dejar de sonreír -sí, esa sonrisa pícara que tanto dicen que pongo-, no podía dejar de mirarlo, tampoco podía dejar de sentir deseos por él, y lo tenía ahí, al frente mío, como también me tenía él a mi, al frente suyo. Un roce, esa sensación de corriente eléctrica que sube por la columna vertebral y llega al hipotálamo, algo tan exquisito producido por un simple roce.

Era tan viciante, no quería separarme, no quería que los segundos avanzaran. ¡Como añoraba que se detuviera el tiempo! Aunque, de alguna manera, siento que el reloj se le acaba la batería cuando estamos así, pero al meter mi mano en el bolsillo y como quien no quiere la cosa, miro la hora del celular de soslayo, y cuando la veo se me cae el mundo encima, la realidad me golpea fuerte: el tiempo había avanzado más de lo que había(mos) pensado.



Parecían dos amantes que nunca más se volverían a ver, como si fueran Rick e Ilsa de Casablanca («We'll always have Paris»), ahí, en el puente, que con cada beso dado se agotaban el aire de los pulmones, ella jalándole tiernamente y acariciándole los oscuros cabellos, él agarrandola por la cintura fuerte, apegandola a su cuerpo. El corazón de ella latía fuerte, pero sus pensamientos estaban en tal éxtasis, que ya no importaba nada, ni el tiempo, ni la gente que pasaba, ni los problemas que había tenido horas atrás.