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marie gabrielle. santiago, chile. veinte años. 10 de septiembre. music = life. diseño de vestuario.
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jueves, 14 de octubre de 2010
Reencuentro posted at 20:23

¿Cómo sería reencontrarme al amor de mi vida?

Creo que no sucedería ahora, sino en muchos años más, hartos para ser franca, en que haya pasado por relaciones medias complicadas, incluso quizás haber pasado por un compromiso. Será como súper inesperado, estaría lo más probable tomándome un Vanilla Latte en el Starbucks de Providencia -aquel que queda cerca del metro Los Leones- una mañana de otoño, ocupando un chaquetón largo hasta las rodillas de un color amarillo, una bufanda larguísima roja, la cual combinaría con mis zapatos de tacón rojos y mis labios, sentada afuera, fumándome un Lucky Strike, sintiendo como la fría brisa mañanera se cala entre mis desnudas piernas y hacen que se me ericen los pelitos de los brazos.

Miro la hora, suficiente tiempo para irme caminando hasta el trabajo, tomo mi cartera, guardo la cigarrera en mi bolsillo -obviamente, sacando un nuevo cigarro antes- y emprendo mi camino hacia la oficina. Miro como cada persona va caminando con ropas bastantes oscuras, no cambian del negro y del café, todos tonos opacos y deprimentes, pero así se da en la sociedad chilena, una sociedad de colores cenicientos.

Y es aquí que mirando y mirando me lo topo, podría ser porque nuestros hombros chocaron, porque lo vi al pasar al lado mío, porque lo distinguí entre la multitud ya que siempre tendrá esa luz que me llama la atención. Y es aquí cuando toda mi vida da un giro. ¿Se habrá percatado de mi? Su sonrisa lo delata y nos acercamos, ambos nerviosos, nos miramos, nos reímos medio torpemente y nos saludamos. Un saludo distante pero que quiere ser algo más.

Lo invitaría a tomarse un café conmigo, como los viejos tiempos, en el mismo Starbucks que acababa de abandonar y que, misteriosamente, sería el Starbucks que acostumbrábamos a ir cuando salíamos, al sentarnos, ambos pedimos dos cafés distintos, ya no éramos aquellos jóvenes que teníamos que compartir todo. Lo escucho hablar de su vida, de como ha progresado y sus proyectos a futuro, lo más probable es que haya seguido adelante, a lo mejor ya estaba incluso casado, con hijos y aquel perro que siempre añoró. Obviamente, una sonrisa se me escapara, había logrado ser todo lo que siempre quiso, y lo mejor de todo, es que no había cambiado para nada, obviamente un par de arrugas más, unas canas que trataban de sobresalir, una voz un tanto más grave y una mirada mucho más profunda, más gastada por los años y lo difícil que ha sido la vida, pero seguía teniendo la misma esencia.

Miramos la hora, y teníamos que separarnos, pero ninguno de los dos quería, o por lo menos yo sentía eso, que queríamos saber qué nos habíamos perdido, qué había sido de nuestras vidas en todos esos años.


Y como quien no quiere la cosa, nos volvemos a besar, volvemos a recordar aquellas caricias y roces, ahora más intensos y más experimentados, volvemos a repetirnos las mismas palabras, que ahora toman otro significado, que nos acelera el corazón mucho más, que me hace sentir viva y que me hace arrepentir todo lo que tuve que pasar para darme cuenta de que él era el amor de mi vida. Que sin sus manos, esas hermosas manos que ahora tocan mi cuello, no podía ser feliz, que su voz llenaba el vacío de mi corazón, que era a él a quien necesitaba.

Una sensación de felicidad invade mi cuerpo... así como la que siento ahora mismo.
Sería interesante poder contar esta misma historia, pero estoy igual de feliz que como me imagino en mi futuro, no pienso dejarlo ir, tratare de ser yo quien le llene todos los días de felicidad, y así poder estar junto a él, con un bull terrier que nos llene de sonrisas, al igual que mi erizo que ya estará viejo para esos años.